HIMNO

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MAESTRO

Música-Listas

Dad gracias al Dios del cielo, porque es eterna su misericordia

lunes, 16 de mayo de 2011

LA SANTISIMA TRINIDAD




.....Antes....


Todo nos ha sido dado, acercado a nuestro paso humano, puesto a nuestro alcance, dentro de nosotros y fuera, en nuestro corazón y en nuestra mente.....gracias a Cristo que se entregó como hostia viva, pura y santa a Dios por nosotros.....como lo expresa San Pero Crisólogo:



....................Escucha cómo suplica el Señor: «Mirad y contemplad en mí vuestro mismo cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre. Y si ante lo que es propio de Dios teméis, ¿por qué no amáis al contemplar lo que es de vuestra misma naturaleza? Si teméis a Dios como Señor, por qué no acudís a él como Padre?

Pero quizá sea la inmensidad de mi Pasión, cuyos responsables fuisteis vosotros, lo que os confunde. No temáis. Esta cruz no es mi aguijón, sino el aguijón de la muerte. Estos clavos no me infligen dolor, lo que hacen es acrecentar en mí el amor por vosotros. Estas llagas no provocan mis gemidos, lo que hacen es introduciros más en mis entrañas. Mi cuerpo al ser extendido en la cruz os acoge con un seno más dilatado, pero no aumenta mi sufrimiento. Mi sangre no es para mí una pérdida, sino el pago de vuestro precio.

Venid, pues, retornad y comprobaréis que soy un padre, que devuelvo bien por mal, amor por injurias, inmensa caridad como paga de las muchas heridas».

Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto -dice- a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima.

Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios -dice-, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva.

Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo.




V/. Desde la salida del sol hasta su ocaso...
R/. Bendigamos el nombre del Señor.





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La

revelación del Espíritu Santo




1. Sagrada Escritura. -Antiguo Testamento, 5. -Nuevo

Testamento, 6.


2. Magisterio y teología. -Tradición doctrinal, 7. -El

Padre, principio sin principio, 8. -La generación del Hijo, 8. -La procesión

del Espíritu Santo, 10.


3. El Espíritu Santo. -Las apropiaciones, 11. -Nombres

del Espíritu Santo: Espíritu Santo, Amor, Don, 12. -Persona-amor, Persona-don,

13. -Otros nombres, 13.


 


1




Sagrada

Escritura






Es de fe que «por la grandeza y hermosura de las criaturas, mediante la razón,

se llega [es posible llegar] a conocer al Creador de ellas» (Sab 13,5; +Rm

1,19-20; Vaticano I: Dz 1806/3026).


Puede la razón, con sus propias luces, llegar a conocer que Dios existe, que

es único, bueno, omnipotente, providente, etc. Pero nunca, sin la Revelación

divina, podrá alcanzar a conocer el misterio de las tres Personas divinas.


La revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo se realiza únicamente

en Jesucristo.


Antiguo Testamento




En la Revelación divina que Israel recibe no se manifiesta en Yavé el

misterio de la distinción eterna de Tres Personas divinas. La expresión «Espíritu

Santo» se usa tres veces (Is 63,10-11.14; Sal 50,13).


Y así como en muchas ocasiones la antigua

Escritura habla de Dios en modo antropomórfico, y así alude a la mano de Dios,

a su boca, a su brazo, también habla, y con no poca frecuencia, del Espíritu

de Dios, del Espíritu de Yavé (ruah Yavé): es decir, de su aliento

vital. En el hombre, como en los animales, la respiración, el aliento, es la

vida. Y en un sentido semejante se habla del Espíritu de Yavé; pero no, por

supuesto, como Persona divina.




La Escritura antigua suele hablar del Espíritu divino en cuanto fuerza

vivificante
de la creación entera, ya desde su inicio (Gén 1,2; 2,7). Más

aún: el Espíritu divino se revela innumerables veces como acción salvadora

de Yavé entre los hombres. Es, en efecto, el Espíritu de Yavé el que impulsa

a Sansón (Jue 13,25), establece y asiste a los jueces (Jue 3,10; 6,34) o

a los reyes (1Sam 10,16), ilumina sobrenaturalmente a José (Gén 41,38;

42,38), a Daniel (Dan 4,5; 5,11), asiste con su prudencia a Moisés y a

los setenta ancianos (Núm 11,17.25-26,29), y sobre todo, inspira a los

profetas (Is 48,16; 61,1; Ez 11,5).


En todos estos casos, el Espíritu divino es dado a ciertos hombres

elegidos, aunque todavía en escasa medida. Por otra parte, desde el fondo de

los siglos, anuncia la Escritura que, en la plenitud de los tiempos, Dios

establecerá un Mesías, en el que residirá con absoluta plenitud el Espíritu

divino
(Is 11,1-5; 42,1-9). Y también revela que, a partir de este Mesías,

el Espíritu divino será difundido entre todos los hombres (Is 32,15; 44,3): «Yo

les daré otro corazón, y pondré en ellos un espíritu nuevo; quitaré

de su cuerpo su corazón de piedra, y les daré un corazón de carne, para que

sigan mis mandamientos, y observen y practiquen mis leyes, y vengan a ser mi

pueblo y sea yo su Dios» (Ez 11,19; +36,26-27; Zac 12,10; Joel 3,1-2).


Nuevo Testamento




La revelación plena de la Trinidad divina, y por tanto del Espíritu Santo,

va a producirse en nuestro Señor Jesucristo. Es en los Evangelios donde el Espíritu

divino se revela muchas veces en cuanto distinto del Padre y del Hijo.

Hemos de ver todo esto más detenidamente en el capítulo próximo; pero aquí

expongo brevemente los rasgos principales de la revelación del Espíritu Santo

en el evangelio.


Es el Espíritu Santo el que encarna al Hijo divino en las entrañas de María

(Lc 1,35). Es Él quien desvela este misterio a Isabel (Lc 1,41), a Zacarías

(1,67), a Simeón (2,25-27).


Es el Espíritu Santo quien, en las orillas del Jordán, al mismo tiempo que

se oye la voz del Padre, desciende en figura de paloma sobre el Hijo encarnado

(3,22). Padre, Hijo y Espíritu Santo, por primera vez, se manifiestan en

formidable epifanía como Personas divinas distintas.


Es el Espíritu Santo quien conduce a Jesús al desierto, para que luego,

saliendo de él, inicie su ministerio como Profeta enviado por el Padre (Lc

4,1). Es Él quien alegra a Cristo, mostrándole la predilección del Padre por

los pequeños (10,21). Por Él hace Jesús milagros admirables, revelando su

condición mesiánica de Enviado de Dios (Mt 12,28).


En la última Cena, Jesús anuncia a sus discípulos que, una vez vuelto al

Padre, vendrá sobre ellos el Espíritu divino: recibirán «el Espíritu Santo,

que el Padre enviará en mi nombre» (Jn 14,26). Tres Personas distintas, las

tres divinas e iguales en eternidad, santidad, omnipotencia...


Poco después, en la cruz redentora, «Cristo se ofreció a sí mismo

inmaculado a Dios por el Espíritu eterno» (Heb 9,14). Es en el fuego del Espíritu

Santo, en la llama del amor divino, en el que Cristo ofrece al Padre el

holocausto redentor de su vida. La epiclesis eucarística nos lo recuerda

cada día.


Y en seguida, en Pentecostés, nace la Iglesia, que, como Jesús, nace «por

obra del Espíritu Santo» (+Hch 2). Él es, con los apóstoles, el protagonista

de la evangelización: «llenos del Espíritu Santo, hablaban la Palabra de Dios

con libertad» (4,31).


Los hombres que acogen con fe el Evangelio de Cristo vuelven a nacer, esta

vez «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5). Y son bautizados «en el nombre del

Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19): tres distintas Personas

divinas, en un solo Dios verdadero.


En adelante, pues, toda la vida sobrenatural cristiana será explicada en

clave trinitaria. Los que viven en Cristo, iluminados y movidos por el Espíritu

Santo, ésos son los hijos de Dios (+Rm 8,10-14). Y ellos se saludan entre sí

en el nombre divino de la Trinidad:


«La gracia del Señor Jesucristo, la caridad de Dios y la comunicación del

Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2Cor 13,13).





2






Magisterio










Tradición doctrinal






En el árbol inmenso de la sabiduría cristiana, lo primero que ha de

afirmarse es la raíz de todo, el tronco, las ramas fundamentales que de él

brotan: la Trinidad eterna, la Encarnación histórica del Hijo. Y así fue: la

predicación antigua de los Padres, igual que los primeros Concilios, trata

continuamente del formidable misterio trinitario, de la divinidad de Jesucristo,

de la condición también divina del Espíritu Santo.




Esa luminosidad maravillosa de la fe de la Iglesia primera procede

precisamente de aquí, de que ella está centrada en lo que realmente es el

centro del misterio cristiano: la santísima Trinidad, la Encarnación del Hijo

divino, la efusión maravillosa del Espíritu Santo... Esto es lo que predica la

Iglesia primitiva, pues es lo que lleva en su corazón, y «de la abundancia del

corazón habla la boca» (Mt 12, 34).




Con gran frecuencia, sí, y al mismo tiempo con toda profundidad y sencillez,

los antiguos Pastores de la Iglesia, en un lenguaje a un tiempo preciso y

asequible a los fieles, predicaban la fe en la Trinidad, la fe que nos salva. Y

sobre esta fe escribían maravillosos tratados De Trinitate, como el de

San Hilario (+367) o el de San Agustín (+430), decisivo éste para la tradición

católica posterior.




La primera contemplación de los Padres va entendiendo que nuestro Señor

Jesucristo es revelación del Hijo divino eterno. Y que al mismo tiempo,

por su encarnación y su cruz, es Él la suprema revelación del Padre:

«quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9).Y que el mismo Cristo es la revelación

del Espíritu Santo
: «yo os enviaré de parte del Padre el Espíritu de

verdad, que procede del Padre» (15,26).




Recordemos aquí el venerable símbolo de la fe Quicumque, llamado atanasiano

-modernamente atribuido a San Ambrosio (+397) o a San Fulgencio de Ruspe

(+532)-. Mediante ese texto grandioso, la fe de la Iglesia en la santísima

Trinidad queda integrada para siempre en las liturgias de Oriente y Occidente:




«La fe católica es que veneremos a un solo

Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas,

ni separar la sustancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y

otra la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen

una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad.






«Cual el Padre, tal el Hijo, tal el Espíritu

Santo.







«Increado el Padre, increado el Hijo,

increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu

Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo.






«Y sin embargo, no son tres eternos, sino un

solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado

y un solo inmenso.






«Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente

el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo; y sin embargo, no son tres

omnipotentes, sino un solo omnipotente.






«Así, Dios es el Padre, Dios es el hijo,

Dios el Espíritu Santo; y sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios.

Así, Señor es el Padre, Señor el Hijo, Señor el Espíritu Santo: y sin

embargo, no son tres señores, sino un solo Señor [...]






«El Padre por nadie fue hecho, ni creado ni

engendrado. El Hijo fue por solo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado.

El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho, ni creado, ni

engendrado, sino que procede.






«...Y en esta Trinidad nada es antes ni después,

nada mayor o menor; sino que las tres personas son entre sí coeternas y

coiguales. De suerte que en todo hay que venerar lo mismo la unidad en la

Trinidad que la Trinidad en la unidad.






«El que quiera, pues, salvarse, así ha de

sentir de la Trinidad» (Dz 39-40/75-76).






Por esta fe en el misterio de la santísima Trinidad, muchos antiguos

cristianos sufrieron prisión o destierro, destituciones o exilios, confiscación

de bienes o muerte. Ellos sabían bien que en el árbol de la sabiduría

cristiana esa fe en la Trinidad es la raíz de donde brota y fructifica el árbol

entero.





El Padre, principio sin principio




«Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la

tierra, de todo lo visible y lo invisible». Creo en Dios Padre, origen único

de todo cuanto existe, eterno y omnipotente, infinitamente bueno y santo, que no

tiene principio y que es principio de todo, pues de Él proceden eternamente el

Hijo y el Espíritu Santo, y de los Tres procede el mundo, por creación

admirable.


«Todo buen don y toda dádiva perfecta viene

de arriba, desciende del Padre de las luces, en el que no se da mudanza ni

sombra de alteración» (Sant 1,17).




La generación del Hijo




«Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del

Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de

Dios verdadero.


«Engendrado, no creado, consustancial al Padre, por quien todo fue hecho;

que, por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por

obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre» (Credo,

Nicea
325: Dz 54/125).


-El Hijo del Padre. Como los primeros discípulos, nos preguntamos

también nosotros acerca de la misteriosa identidad personal de Jesús:

«¿quién es éste?» (Mc 4,41)... Éste, en palabras del ángel Gabriel, «será

reconocido como Hijo del Altísimo, será llamado Santo, Hijo de Dios» (Lc

1,32.35). Y en palabras de Simón Pedro: él es «el Mesías, el Hijo del Dios

viviente» (Mt 16,16).


Cuando los Apóstoles dicen que Jesús es el

Hijo de Dios
quieren decir que Jesús es «la imagen del Dios invisible, el

primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas,

en los cielos y en la tierra...; todo fue creado por él y para él, él existe

con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia. Él es también la

Cabeza del cuerpo, de la Iglesia: Él es el Principio, el primogénito de los

muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer

residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las

cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en

los cielos» (Col 1,15-20; +Flp 2,5-9; Heb 1,1-4; Jn 1,1-18).






«En Cristo habita la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col

2,9). La unión existente entre Dios y Jesús no es sólamente una unión de

mutuo amor, de profunda amistad, una unión de gracia, como la hay en el

caso del Bautista o de María, la Llena de gracia. Es mucho más que eso: es una

unión hipostática, es decir, personal, en la persona. Así lo confiesa

el concilio de Calcedonia (a.451):




Jesucristo es «el mismo perfecto en la

divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente y el mismo

verdaderamente hombre... Engendrado por el Padre antes de los siglos en cuanto a

la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra

salvación, engendrado de María la Virgen, madre de Dios, en cuanto a la

humanidad» (Dz 148/301).




Cristo Jesús es, pues, el hombre celestial (1Cor 15,47), y Él es

consciente de que es mayor que David (Mt 22,45), anterior a Abraham (Jn 8,58), más

sabio que Salomón (Mt 12,42), bajado del cielo (Jn 6,51), para instaurar entre

los hombres el Templo definitivo (2,19). Esta condición divina de Jesús,

velada y revelada en su humanidad sagrada, se manifiesta en el bautismo (Mt

3,16-17), en la transfiguración (17,1-8), en la autoridad de sus palabras, en

la fuerza prodigiosa de sus acciones y milagros. Jesús, en efecto, hizo muchos

milagros (Jn 20,30; 21,25).




Y los apóstoles en su predicación

atestiguaron con fuerza los milagros de Jesús, para suscitar la fe de los

hombres: «Varones israelitas, escuchad estas palabras: Jesús de Nazaret, varón

acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios

hizo por él en medio de vosotros, como vosotros mismos sabéis»... (Hch 2,22;

+10,37-39).






-Jesucristo es precisamente «el Hijo» de Dios Padre. Toda la fisonomía

de Jesús es netamente filial. Pensemos en la analogía de la filiación humana.

El hijo recibe vida de su padre, una vida semejante a la de su padre, de

la misma naturaleza. Incluso el hijo suele ser semejante al padre en

ciertos rasgos peculiares psíquicos y somáticos. Al paso de los años, el hijo

se emancipa de su padre, hasta hacerse una vida independiente -y no será

raro que el padre anciano pase a depender del hijo-.




Según esto, ya se entiende que la analogía padre-hijo, que parte de nuestra

experiencia humana, resulta muy pobre para expresar la plenitud de filiación

del Unigénito divino respecto de su Padre. Esta filiación divina es

infinitamente más real, más profunda y perfecta. El Hijo recibe una vida no

solo semejante, sino una vida idéntica a la del Padre. Él no solo es

semejante, sino que es idéntico al Padre. Y por otra parte, el Hijo es

eternamente engendrado por el Padre, es decir, recibe siempre todo del

Padre, en una dependencia filial absoluta, que implica un infinito amor mutuo, y

que al paso del tiempo no disminuye en modo alguno.




El Padre ama al Hijo (Jn 5,20; 10,17), y el

Hijo ama al Padre (14,31): hay entre ellos una unidad perfecta (14,10). Jesús

nunca está solo, sino que está con el Padre que le ha enviado (8,16). El

pensamiento del Hijo, su enseñanza, depende siempre del Padre (5,30); y lo

mismo su actividad: nada hace el Hijo sino aquello que el Padre le va dando

hacer (14,10).




-El testimonio de los Padres. Escuchemos únicamente la palabra

venerable de uno de los más antiguos Padres de la Iglesia, San Ireneo de Lyon

(+200), pastor, teólogo y mártir. Él es nieto de los Apóstoles, pues

en su juventud es discípulo de San Policarpo de Esmirna (+155), que escucha

directamente a aquéllos:




«
Nadie

puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, esto es, si no se lo revela el

Hijo, ni conocer al Hijo sin el beneplácito del Padre...







«Ya por el mismo hecho de la creación,

el Verbo revela a Dios creador; por el hecho de la existencia del mundo, revela

al Señor que lo ha fabricado; por la materia modelada, al Artífice que la ha

modelado y, a través del Hijo, al Padre que lo ha engendrado [...] También el

Verbo se anunciaba a sí mismo y al Padre a través de la ley y de los

profetas
[...]. Y el Padre se mostró a sí mismo, hecho visible y palpable

en la persona del Verbo[...], pues la realidad invisible que veían en el

Hijo era el Padre, y la realidad visible en la que veían al Padre era el

Hijo...






«En este sentido decía el Señor: "Nadie

conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel

a quien el Hijo se lo quiera revelar"
(Mt 11,27)» (Contra

las herejías
4,6: 3.5.6.7).






-Explicación teológica. Un gran maestro de espiritualidad, el

benedictino dom Columba Marmion (+1923), fiel discípulo de Santo Tomás,

expresa así la catequesis teológica tradicional sobre la inefable generación

eterna y temporal del Hijo:


«He aquí una maravilla que nos descubre la

divina revelación: en Dios hay fecundidad, posee una paternidad espiritual e

inefable. Es Padre, y como tal, principio de toda la vida divina en la

Santísima Trinidad. Dios, Inteligencia infinita, se comprende perfectamente. En

un solo acto ve todo lo que es y todo cuanto hay en Él; de una sola mirada

abarca, por decirlo así, la plenitud de sus perfecciones, y en una sola Idea,

en una Palabra, que agota todo su conocimiento, expresa ese mismo conocimiento

infinito. Esa idea concebida por la inteligencia eterna, esa palabra por la cual

Dios se expresa a sí mismo, es el Verbo. La fe nos dice también que ese Verbo

es Dios, porque posee, o mejor dicho, es con el Padre una misma

naturaleza divina.




«Y porque el Padre comunica a ese Verbo una

naturaleza no sólo semejante, sino idéntica a la suya, la Sagrada Escritura

nos dice que lo engendra, y por eso llama al Verbo el Hijo. Los

libros inspirados nos presentan la voz inefable de Dios, que contempla a su Hijo

y proclama la bienaventuranza de su eterna fecundidad: "entre esplendores

sagrados, yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora" (Sal

109,2); "Tú eres mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis

complacencias" (Mc 1,11).






«Ese Hijo es perfecto, posee con el Padre

todas las perfecciones divinas, salvo la propiedad de "ser Padre". En

su perfección iguala al Padre por la unidad de naturaleza. Las criaturas no

pucden comunicar sino una naturaleza semejante a la suya: simili sibi.

Dios engendra a Dios y le da su propia naturaleza, y, por lo mismo,

engendra lo infinito y se contempla en otra persona que es igual, y tan igual,

que entrambos son una misma cosa, pues poseen una sola naturaleza divina, y el

Hijo agota la fecundidad eterna; por lo cual es una misma cosa con el Padre: Unigenitus

Dei Filius...
"Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn

10,30).






«Finalmente, ese Hijo muy amado, igual al

Padre y, con todo, distinto de Él y persona divina como Él, no se separa del

Padre. El Verbo vive siempre en la Inteligencia infinita que le concibe; el Hijo

mora siempre en el seno del Padre que le engendra»
(Jesucristo en sus

misterios
, 3,1).








La procesión del Espíritu Santo






«Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del

Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y

gloria, y que habló por los profetas» (Credo, Nicea).


La fe de la Iglesia, fiel a la enseñanza del mismo Cristo, asegura así que

el Espíritu Santo, «procede del Padre» (Jn 15,26). Es en la última Cena, en

la cumbre de la Revelación evangélica, donde más claramente habla Jesús del

Espíritu Santo (14,16-17. 26; 15,26; 16,7-14)


El Concilio XI de Toledo (año 675) explica así la fórmula de nuestra fe

católica: «Creemos que el Espíritu Santo, que es la tercera persona de la

Trinidad, es un solo Dios e igual con Dios Padre e Hijo; no, sin embargo,

engendrado o creado, sino que procediendo de uno y otro, es el Espíritu

de ambos

Además, este Espíritu Santo no creemos que sea ingénito ni

engendrado; no sea que, si le decimos ingénito, hablemos de dos Padres, y si

engendrado, mostremos predicar a dos Hijos. Sin embargo, no se dice que sea sólo

del Padre o sólo del Hijo, sino Espíritu juntamente del Padre y del Hijo.

Porque no procede del Padre al Hijo, o del Hijo procede a la santificación de

la criatura, sino que se muestra proceder a la vez del uno y del otro, pues se

reconoce ser la caridad o santidad de entrambos. Así pues, este Espíritu

se cree que fue enviado por uno y otro, como el Hijo por el Padre. Pero no es

tenido por menor que el Padre o el Hijo, como el Hijo, por razón de la came

asumida
, atestigua ser menor que el Padre y el Espíritu Santo» (Dz

277)




-Explicación teológica. También aquí dom Columba Marmion nos

recuerda la catequesis tradicional de la teología católica sobre la procesión

del Espíritu Santo:


«No sabemos del Espíritu Santo sino lo que

la revelación nos enseña. ¿Y qué nos dice la revelación? Que pertenece a la

esencia infinita de un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu

Santo. Ése es el misterio de la Santísima Trinidad. La fe aprecia en Dios la

unidad de naturaleza y la distinción de personas.




«El Padre, conociéndose a sí mismo,

enuncia, expresa ese conocimiento en una Palabra infinita, el Verbo, con acto

simple y eterno. Y el Hijo, que el Padre engendra, es semejante e igual a

Él mismo, porque el Padre le comunica su naturaleza, su vida, sus perfecciones.






«El Padre y el Hijo se atraen el uno al otro

con amor mutuo y único. ¡Posee el Padre una perfección y hermosura tan

absolutas! ¡Es el Hijo imagen tan perfecta del Padre! Por eso se dan el uno al

otro, y ese amor mutuo, que deriva del Padre y del Hijo como de fuente única,

es en Dios un amor subsistente, una persona distinta de las otras dos, que se

llama Espíritu Santo
[...]






«El Espíritu Santo es, en las operaciones

interiores de la vida divina, el último término. Él cierra -si nos son

permitidos estos balbuceos hablando de tan grandes misterios- el ciclo de la

actividad íntima de la Santísima Trinidad. Pero es Dios lo mismo que el Padre

y el Hijo, posee como ellos y con ellos la misma y única naturaleza divina,

igual ciencia, idéntico poder, la misma bondad, igual majestad» (Jesucristo,

vida del alma
I, 6,1).






3




El

Espíritu Santo




Las apropiaciones




En la intimidad eterna del Dios único (ad intra) todo es común entre

las tres Personas, el ser y la vida, la sabiduría y la voluntad, la majestad y

la belleza, la santidad y la omnipotencia. Pero sólo el Padre engendra; sólo

el Hijo es engendrado; sólo el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

Por tanto, en Dios uno y trino «todo es uno, donde no obsta la oposición de

relación» personal (Florencia, 1441: Dz 703/1330).


Y en lo que mira a las obras exteriores de Dios (ad extra), todas las

acciones divinas, sean en el orden de la naturaleza o de la gracia, son comunes

a las tres Personas divinas, pues la causa de esas operaciones es la naturaleza

divina, una e indivisible.


Pues bien, la Iglesia quiere que Dios sea conocido y amado no sólo en la

Unidad de su ser sino también en su Trinidad personal. Y por eso, apoyándose

en la Revelación y en la Tradición, atribuye en su magisterio y en su

liturgia ciertas acciones a una de las tres Personas divinas, por la especial

afinidad que esa obra tiene con ella.


Y así, siendo el Padre el principio sin principio, el origen de las

otras dos Personas divinas, iguales a El en divinidad y eternidad, la Iglesia le

atribuye la condición de Creador, de origen absoluto de todo lo visible

e invisible, aunque bien sabe la Iglesia que la creación es obra de las tres

Personas divinas.


Y así la Iglesia, siendo el Hijo la expresión infinita del pensamiento del

Padre, su idea eterna, le atribuye la condición de Sabiduría divina, Logos,

Hijo, Verbo divino, que procede del Padre por generación

intelectual.


Y así también, al proceder eternamente el Espíritu Santo del Padre y del

Hijo por vía de espiración de amor, la Iglesia identifica esta Persona tercera

de la Trinidad divina como el Amor de Dios, y a Él atribuye de especial

modo toda la obra de la santificación de los hombres.





De este modo la Iglesia, dice León XIII, hace estas atribuciones en el

interior del misterio de la Trinidad «con gran propiedad (aptissime)» (Divinum

illud
5). Y la finalidad última de estas apropiaciones, según Santo Tomás,

es «para manifestar la fe (ad manifestationem fidei)» (STh I,29,7).


Pues bien, estas atribuciones se expresan principalmente por los

Nombres que la tradición cristiana da a cada una de las tres Personas divinas.


Nombres del Espíritu Santo




Tres nombres fundamentales son propios del Espíritu Santo, y los tres están

basados directamente en la Sagrada Escritura: Espíritu Santo, Amor y Don (STh

I,36-38). Y el examen de cada uno de ellos ha de ayudarnos a profundizar en la

identidad misteriosa de esta Persona divina.


1.- Espíritu Santo. «Dios es espíritu», dice Jesús (Jn 4,24). Y

de Jesús dice San Pablo: «El Señor es Espíritu» (2Cor 3,17). Es, pues,

evidente que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, las tres Personas divinas,

son Espíritu. Y, por supuesto, las tres son santas. Sin embargo,

el nombre de «Espíritu Santo» es el nombre propio de la tercera Persona

divina, pues sólo ella -no el Padre, ni el Hijo- es el término de la espiración

de amor, que procede del Padre y del Hijo. Y en Pentecostés, es el Espíritu

Santo el espíritu santificante que el Padre y el Hijo comunican a los

hombres.


2.- Amor. «Dios es amor», dice San Juan (1Jn 4,8.16). Las tres

Personas divinas son amor, amor eterno e infinito. Sin embargo, si entendemos en

su sentido personal el término amor, conviene exclusivamente al Espíritu

Santo. En efecto, el amor entre el Padre y el Hijo es una persona, es el Espíritu

Santo.


Que el Espíritu Santo es el amor divino nos

viene enseñado por la Revelación (Rm 5,5) y por la tradición teológica y

espiritual. San Agustín nos dice: «el amor que procede de Dios y que es Dios,

es propiamente el Espíritu Santot» (ML 42,1083). Y el concilio XI de Toledo

(a.675), como hemos visto, confiesa como fe de la Iglesia que el Espíritu Santo

procede del Padre y del Hijo, y «es la caridad o santidad

de ambos» (Dz 277/527). Por eso Santo Tomás enseña que «en lo divino el

nombre de amor puede entenderse esencial y personalmente. [Esencialmente

es el nombre común de la Trinidad]. Y personalmente es el nombre propio

del Espíritu Santo» (STh I,37,1).




3.- Don. Hemos de ver en seguida cómo las tres Personas divinas se

entregan al hombre, como don supremo, en el misterio de la inhabitación por

gracia. Sin embargo, la Escritura nos revela que el término don conviene

personalmente al Espíritu Santo, como nombre suyo propio (Jn 4,10-14; 7,37-39;

14,16s; Hch 2,38; 8,17. 20).


Tener en cuenta esto es muy importante para comprender bien la naturaleza de

la caridad y su relación ontológica con el Espíritu Santo: «el amor de

Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que

nos ha sido dado» (Rm 5,5).


Dice Santo Tomás: «El amor es la razón

gratuita de la donación
. Por eso damos algo gratis a alguno, porque

queremos el bien para él. Lo cual manifiesta claramente que el amor tiene

razón de don primero
, por el cual todos los otros dones

gratuitamente se dan. Por eso, como el Espíritu Santo procede como amor,

procede como don primero. Y en ese sentido dice San Agustín que

"por el don del Espíritu Santo, muchos otros dones se distribuyen entre

los miembros de Cristo"» (STh I,38,2).




En efecto, cuando amamos a una persona, le comunicamos muchos dones: compañía,

ayuda, dinero, alimentos, casa, favores, etc. Pero el primer don que le

concedemos es el amor que le tenemos: de ese don fontal proceden todos

los demás. Por eso, dice bien Santo Tomás que «el amor tiene razón de don

primero».


Cristo habla siempre a los hombres del Espíritu Santo como del supremo don

divino. En primer lugar, promete este don -«el Espíritu de la

Promesa» (Gál 3,14)- como un bien gratuitamente comunicado por amor. Y en

segundo lugar, enseña Jesús que este don debe ser pedido, precisamente

porque sólamente puede venir a nosotros como don, como un bien dado: «si

vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más

vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden

(Lc 11,13).


Pedir el Espíritu Santo es, pues, pedir el Amor divino; es pedir el

Don supremo, el don primero, el amor, el don fontal del que proceden para

nosotros todos los demás dones divinos: la gracia, la filiación, el perdón,

las virtudes, los dones del Espíritu Santo, la herencia eterna.


Persona-amor, Persona-don




El papa Juan Pablo II resume, pues, una larga tradición de la Iglesia cuando

dice del Espíritu Santo:


«Dios, en su vida íntima, "es

amor" (1Jn 4,8.16), amor esencial, común a las tres personas

divinas. El Espíritu Santo es amor personal, como Espíritu del Padre y

del Hijo. Por eso "sondea hasta las profundidades de Dios" (1Cor

2,10), como Amor-don increado. Puede decirse, pues, que en el Espíritu

Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio

del amor recíproco entre las personas divinas, y que, por el Espíritu Santo,

Dios "existe" como don. El Espíritu Santo es, pues, la expresión

personal
de esta donación, de este ser-amor (STh I,37-38). Es

Persona-amor. Es Persona-don» (enc. Dominum et vivificantem10).





Otros nombres




Son otros muchos los nombres que la Escritura, la Tradición y la Liturgia de

la Iglesia dan al Espíritu Santo.


Jesús llama al Espíritu Santo el Paráclito (Jn 14,16.26; 15,26;

16,7), nombre que puede traducirse como: el Consolador que no nos deja huérfanos

(14,18), el Abogado, que intercede siempre por nosotros (14,16; 16,7; Rm

8,26).


El Espíritu Santo habita plenamente en Jesús (Lc 4,1), está sobre él

(4,18). Y ahora, por la inhabitación, «su Espíritu habita en nosotros»

(+Rm 8,11). Por eso es el Espíritu de Cristo.


El Espíritu Santo es también el Espíritu

Creador
, que ordena en el comienzo el caos informe (Gén 1,2). Y si la

creación nace del Amor divino, dice Santo Tomás, «el Espíritu Santo es el

principio de la creación» (Contra Gent. IV,20). «Envía tu aliento [tu

Espíritu] y los creas» (Sal 103,30). Por eso la Iglesia canta en su liturgia: Veni,

Creator Spiritus.




Él es el Espíritu de verdad (Jn

14,17), el Maestro que nos «enseña todo», que nos «hace recordar todo»

lo que enseñó Cristo (14,26), el Espíritu veraz que nos «guía hacia la

verdad completa» (16,13).




Él es la Virtud del Altísimo, que

viene a María para obrar el misterio de la Encarnación (Lc 1,35); y es

igualmente el «poder de lo alto», que viene sobre María y los Apóstoles

(24,49).




Es también, por la inhabitación, el dulce Huésped

del alma
, como dice el Veni, Creator.





Es, en fin, el sello de Dios que nos

confirma en Cristo (Ef 1,13; 2Cor 1,21-22).














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